Qué pasa chavalería

Por si alguien entra por aquí y le interesa:

Hace justo un año, unos días después de publicar aquel texto que escribí tan borracha y tantas visitas tuvo, me contrataron para trabajar en PlayGround.

Como me paso la vida en la oficina y en mi tiempo libre me gusta rascarme la guayaba y beber vermut como una basic bitch, fuera del curro prácticamente no escribo un carajo (Queda claro con ver que no he actualizado esto en un año). Si os apetece leerme, publico allí cada día.

Así que nada, intentaré sacar ratos para poner en palabras todas las animaladas que no se me permitiría publicar en un medio y volver a darle vidilla a este blog, pero lo dicho, podéis leer mis tontunadas everyday aquí: www.playgroundmag.net

Y ver un poco de mi puta vida aquí: www.instagram.com/elenaruemorgue/

Os dejo también esta foto de ayer en la que paseo con mi perra y una caca suya en una bolsa:

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Besis.

 

El Erotismo Rural: la realidad paralela en la que se folla en la capital de Euskadi.

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Taja matutina: la percepción de peligro ha sido neutralizada con alcohol.

Soy vasca. De hecho soy MUY vasca. 5 años después de mudarme a Barcelona todavía suelto un “agur” cuando salgo de las tiendas, me indigno por los cubatas en vaso de tubo y me entra un subidón violento-sexual bastante enfermo cuando escucho una manifa cerca.

Como buena vasca, de pura cepa, de RH-, siempre he sido completamente nula en las artes de la seducción. Un vasco es al cortejo como lo que Agatha Ruiz de la Prada al mundo de la moda, tiene conciencia de su falta de talento y decide hacer de ello un chiste de mal gusto.

Lo de que en Euskadi follar “no es un pecado sino un milagro” no se dice por decir. Yo he salido de juerga con escotes de los de media galleta vista sin tener ni si quiera una cebolleta intrépida rondándome en toda la noche. He sido la simpática, la borde, la borracha desorientada y la filósofa con un puntito violable, y ni por esas. Los vascos somos gente de farra, en nuestra cultura ser un borracho es algo honorable, aguantar una botella de pacharán sin perder el eje de verticalidad con el suelo te convierte automáticamente en un referente social, un pilar de la comunidad.

El pacharán y el kalimotxo calentorro no son especialmente afrodisíacos, más bien tienden a desconectarte la centralita de los bajos del cerebro. Bueno, de todo el cuerpo del cerebro. Para las 3 de la mañana todos somos como una versión de Chimo Bayo mutada por las aguas tóxicas de la Ría de Bilbao y la música de payasos pro-etarras muy típicos en nuestra tierra.

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Batasunis para todas las edades.

El engorile festivo remata nuestra ya de por si poca habilidad a la hora de buscar un meneo, cualquier intento de mojar está desatado por un exceso de confianza del tipo “Jose Cuervo” y la mitad de las veces ese espíritu arrebatador de Julio Iglesias se disuelve en forma de pota en la puerta del garito mucho antes de que ninguno de los dos implicados comprueben cual de ellos lleva el condón menos caducado en la cartera.

Pero para asegurar la supervivencia de la estirpe vasca cada verano llegan a Euskadi las fiestas, esa semana al año en la que cada pueblo abre la veda al despiporre, a la picaresca, como cuando nuestros padres se iban a Perpignan a ver pelis verdelonas, pero en vivo y en directo y con carreras de burros incluidas.

En Vitoria llevamos lo de las fiestas al TOP con un fenómeno que yo denomino EL EROTISMO RURAL. Durante los 5 días que duran las fiestas todo Dios, en un rango de edad que va desde los 2 meses a los 90 años, los vitorianos nos ponemos el traje regional y nos degeneramos hasta los extremos más lamentables en dignidad e higiene. Pero ligamos. En Vitoria en 5 putos días se liga todo lo del año, así, de golpe. Y es por el puto traje, EL PU-TO TRA-JE.

El nacionalismo no solo nos lo han metido en la cabeza, a mí al menos se me ha filtrado hasta el coño seguro. Por algo será que veo la foto de Sabino Arana con su txapela y su barba prehipster y no puedo evitar pensar “Puto nazi sexy cabrón” y me monto la olla de si querría follar conmigo a pesar de no tener mis 8 apellidos en regla. En serio, me hace mucha ilusión pensar que se saltaría la raza pura por el forro de sus pelotas vascas y me haría un apaño en la trasera de su baserri. No me importaría que no se lo contase a su familia, todos tenemos nuestras cosillas, racistas o no.

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Jamelgoa.

Sea como fuere esta mierda nos ha calado muy dentro. Cuando los vascos nos vemos vestidos con esas pintas del siglo XIX nos queremos reventar sin pudor. Durante esos 5 días los pololos se vuelven la prenda de ropa interior más erótica que existe en una mujer y la blusa morada de vino la máxima expresión de la masculinidad en los hombres, el fetiche de toda vitoriana en celo.

Las fiestas son cortas pero intensas, llenas de recuerdos difusos y fallos hepáticos, pero el erotismo rural a mí me acompaña siempre. Aunque ahora viva en Barcelona y la promiscuidad colectiva me haya permitido ligar a pesar de mi incompetencia, cuando conozco a un tío que me hace vibrar tanto la patata como la pepitilla, mi yo interior lo tiene muy claro “Si no puede partir un tronco o levantar una puta piedra esto se va a la mierda.”

Suave puñalada en el esternón

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Suave puñalada en el esternón. La que siempre me acompaña aunque no siempre pueda sentirla. La que me atraganta las palabras, me entrecorta los latidos y se abre en canal dejando al raso el vacío.

La que no tiene ni nombres propios, ni motivos declarados, ni autores firmados. La que a veces me desangra, se rasga. La de las postillas de miedo y ausencia que arranco cuando me creo fuerte y entera. Infectada, astillada. Melancolía estancada, clavada a conciencia. La brecha donde se guardan todos malos polvos y los secretos de las solas y las viejas. La vergüenza y el orgullo de metales ardiendo. Todas las miserias que no atienden a razones ni se creyeron los “lo sientos”. El arcón entre costillas que esconde los espejos de feria que aterran con reflejos de monstruos grotescos, obscenos, o quizá cruelmente sinceros.

Tormentas que lloran las penas de cien vidas y al escampar dejan ese olor a rocío, rancio y muerte.

Los cacahuetes rancios del amor de los idiotas

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Tengo hambre.

No hay casi nada de comer en casa, y de lo que hay, nada me apetece. He mirado 15 veces la nevera y la despensa, y nada. Que asco todo. Tendría que haber comprado más pan. Y más guacamole. Y más de todo, joder, que puto hambre.

Hasta que de repente me he acordado de los cacahuetes esos que compramos hace meses. Si están deben estar más p’allá que p’acá, porque llevan un puto siglo abiertos. Que bien, siguen ahí. Dando bastante grima, pero siguen ahí. Para engañar al estómago no están mal.

Esto acaba de pasarme, pero es una metáfora de la vida: TU EX NO TE ECHABA TANTO DE MENOS, SUBNORMAL, ERES SUS CACAHUETES REVENIDOS.

Se me cauteriza el coño solo de veros.

Para lucir hay que sufrir (Del castellano. gilipollas)

YO CON RULOSRecuerdo la primera vez que escuché esa expresión. Me la dijo mi tía mientras me desenredaba el pelo y yo me quejaba como si me estuviera depilando las pestañas:

– ¡Es que tiras!

– Para lucir hay que sufrir, maja.

Aunque ahora veo claramente que en ese caso significaba “Te jodes, y cállate ya, niña pelma”, yo no entendí nada ¿Lucir qué? ¿Sufrir para qué? DE QUÉ HOSTIAS IBA TODO ESE ROLLO.

*Quiero aprovechar también este momento para agradecerle a mi tía Josune la paciencia de desenredarme el pelo y que a día de hoy no me pasee por el mundo con una rasta gigante tamaño full head. Parecería una puta cebolla.*

Así pero más tocho y estropajoso. Estilo hortaliza perroflauta.

El caso es que los años pasaron, y eso que veis ahí arriba que parece una señora del futuro-pasado o a la que le están aplicado terapia de electroshocks soy yo, la anti peines, con unos cacharros extrañísimos en la cabeza intentando que mi pelo tenga una forma que solo no le sale tener. También lo decoloro hasta que me lloran acetona los ojos. Pero en todos esos casos podríamos aplicar más bien el “sarna con gusto no pica” porque lo hago cuando me apetece. Porque lo hago porque me gusta tener el pelo verde y parecer una mala de Disney.

El problema viene con TODO lo demás. Con todo lo que ademas de innecesario es desagradable e incomodo. Con todo lo que hacemos “porque nos toca hacerlo”, para no ser bichos raros, para intentar no ser unos putos adefesios.

Aquí dejo una pequeña lista de putaditas que nos autoinfligimos y que deberíamos empezar a revisar

1- Comprarte ropa que te va 2 tallas pequeña porque “ya te entrará”

O, al menos, lo intentarás: te meterás con vaselina en ella, o te matarás de hambre media semana. Da igual, esas compra son tan emocionante como tortuosas. La puta presión de entrar en ese trapo. ¿La verdad? Es muy probable que no entres nunca, entre otras cosas porque con la talla que estás estás estupenda y no tienes por qué coño adelgazar para entrar en esa mierda de vestido que encontraste en rebajas.

Ya sabéis de qué va esto.

2- Comprar ropa que te aprieta el coño

Es tu talla, te queda de puta madre, todo fetén, excepto por ese pequeño detalle. Tu juju está oprimido, comprimido, aplastado y, con las horas, estará rozado y dolorido. Estás en el probador sopesando los pros y los contras “Podría ponerme un salvaslip y todo solucionado” Claro que sí, así se te clavará menos y te sudará el coño el doble, todo ventajas. Que no, que no hay pantalones tan preciosos ni tan favorecedores que merezcan esa tortura al pussy. Lo dice una que tiene el armario lleno de pantalones que, si los llevase durante más de 3 horas, me serrarían hasta ampliar los territorios coñíferos al ombligo. Respetemos a esa parte del cuerpo que tantas alegrías nos da, joder.

Intentar desincrustarte los pantalones del juju en un espacio público bien iluminado.

3- Depilarnos por sistema

No digo que depilarse esté mal, digo que casi siempre lo hacemos sin pensar. Las tías solemos depilarnos porque tenemos que hacerlo y punto. Yo, personalmente, estoy bastante hasta el coño qué me digan que me tiene que acomplejar para que muchos se forren de pasta vendiéndome cosas para tratar de arreglarme. Así que solo os recomendaré que os paséis buenos ratos desnudas y decidáis que pelo de vuestro cuerpo realmente os molesta u os resulta feo y que partes depiláis simplemente por poner el piloto automático del pudor femenino. Y si hay pelo que ni os molesta ni os disgusta, que se quede ahí, y que le den muy fuerte por el culo a quién tenga algún problema con ello.

Ya de paso podríamos darle un puntito emocionante a la depilación.

4- Maquillarse cuando no toca

En serio chatis: si no os apetece, no os maquilléis. Si hace 47 grados y con el maquillaje se os va a derretir la cara: no os maquilléis. Si vais a la playa, a la piscina o a un río y vais a tener que andar pendientes de estar monas en lugar de disfrutando: no os maquilléis. Aprended a disfrutar de vuestra puta cara tal y como es, y maquillaos cuando os salga de los ovarios, no porque sintáis que tenéis nada que ocultar o algún estatus absurdo que mantener.

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Chica en el baño de un bar en pleno agosto intentando contener los chorretones de maquillaje, aceite y sudor que se le escurren de la cara por el calor.

5- Tema ZAPATOS

Vamos abreviar con esto, no te compres/te pongas zapatos que:

  • Te toquen alante.
  • Se te salgan.
  • Sean incómodos en general.
  • Te hagan partirte 15 veces los tobillos antes de salir de casa.
  • Sean peligrosos para bajar escaleras.
  • Solo porque son muy baratos.
  • Te duerman partes del pie (esto da puto yuyu).

¿Sabéis que hay que hacer para lucir? SONREIR, así que vamos a ver si entre todas nos dejamos de gilipolleces y cambiamos de una vez el refrán.

Domingo de vodka

Miedo.

Miedo a fallar.

Miedo a follar.

Miedo a todo lo que nos rodea, pero más miedo de todo lo que nos mantiene cosidos por dentro.

Las costuras que nos aguantan, que nos salvan de rasgarnos entre mierda y sueños de niebla en la que me pierdo, me toco, pero ya no me siento.

Miedo a las caricias que ya están muertas antes de dejar las manos.

Y a las que agonizan presas en corazones de niños que son adultos cobardes, cansados.

Lágrimas de sangre de las agujas que se quedaron al intentar volver a unir todos los últimos retales de lo que ya no sabes si late dentro.