Suave puñalada en el esternón

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Suave puñalada en el esternón. La que siempre me acompaña aunque no siempre pueda sentirla. La que me atraganta las palabras, me entrecorta los latidos y se abre en canal dejando al raso el vacío.

La que no tiene ni nombres propios, ni motivos declarados, ni autores firmados. La que a veces me desangra, se rasga. La de las postillas de miedo y ausencia que arranco cuando me creo fuerte y entera. Infectada, astillada. Melancolía estancada, clavada a conciencia. La brecha donde se guardan todos malos polvos y los secretos de las solas y las viejas. La vergüenza y el orgullo de metales ardiendo. Todas las miserias que no atienden a razones ni se creyeron los “lo sientos”. El arcón entre costillas que esconde los espejos de feria que aterran con reflejos de monstruos grotescos, obscenos, o quizá cruelmente sinceros.

Tormentas que lloran las penas de cien vidas y al escampar dejan ese olor a rocío, rancio y muerte.

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Domingo de vodka

Miedo.

Miedo a fallar.

Miedo a follar.

Miedo a todo lo que nos rodea, pero más miedo de todo lo que nos mantiene cosidos por dentro.

Las costuras que nos aguantan, que nos salvan de rasgarnos entre mierda y sueños de niebla en la que me pierdo, me toco, pero ya no me siento.

Miedo a las caricias que ya están muertas antes de dejar las manos.

Y a las que agonizan presas en corazones de niños que son adultos cobardes, cansados.

Lágrimas de sangre de las agujas que se quedaron al intentar volver a unir todos los últimos retales de lo que ya no sabes si late dentro.